Por: Santiago Bedoya Martínez
Pocas veces en el mundo se ven actos de protesta como el más reciente sucedido en el país más “democrático” del mundo: ver cómo colegas levantan su voz de protesta y rechazo contra actos viles y claros de censura.
Negar el ingreso de periodistas a espacios como la Casa Blanca se convierte en una censura que no tiene más nombre: simple y llana censura. Y la respuesta de los medios de comunicación gringos fue, por decirlo menos, abismal e inesperada. Lo que hicieron fue una verdadera clase magistral de cómo luchar contra el poder: hacer cobertura de una transmisión de televisión sin que se escuche nada del protagonista principal es un mensaje simbólico muy fuerte.
Básicamente, estos medios tradicionales estadounidenses le dijeron a Trump, de una forma bastante metafórica: nosotros somos los que tenemos el control de que te escuches o no. Respeta a todos nuestros colegas, que merecen poderte cuestionar.
Y ahí está la verdadera enseñanza. No se trata de si Trump cae bien o mal, de si sus políticas gustan o no, ni siquiera de si los medios están de acuerdo con él. Se trata de algo mucho más básico: el poder tiene que ser cuestionado. Y cuando el poder intenta decidir quién puede preguntar, quién puede entrar y quién puede cubrirlo, los periodistas no pueden simplemente agachar la cabeza.
Recuerdo una frase magna de un profesor de géneros periodísticos: “El periodismo es para incomodar a los poderosos”. Que a un presidente no le guste que lo cuestionen y mande, de forma directa o indirecta, a silenciar a los periodistas no es más que otra forma de presión contra la libertad de prensa.
La historia ya nos ha enseñado lo que ocurre cuando el poder logra controlar a los medios. Y si no, que lo digan los colegas de Venezuela o El Salvador, por poner solo dos ejemplos de corrientes políticas y contextos diferentes. Cuando el periodista deja de incomodar al poderoso, deja de hacer una parte fundamental de su trabajo.
Esa clase deberían aprenderla muy bien nuestros colegas en Colombia.
Durante el Gobierno de Petro nunca faltaron medios y periodistas que lo cuestionaron y hasta la cagada más insignificante era primera plana. Pero hoy pareciera que algunos bajaron la guardia: “ya es un presidente aliado, entonces a él no le podemos decir nada”.
Pero si un medio se atreve a cuestionar a Abelardo, pues ya sabemos lo que pasa. Tenemos ejemplos muy recientes, como el de Camila Zuluaga, o las directrices para priorizar determinados medios y restringir la relación con otros. También están las 20 Emisoras de Paz, cuya programación informativa fue suspendida temporalmente, generando críticas y preocupación entre organizaciones defensoras de la libertad de prensa.
Y aquí es donde algunos periodistas deberían hacerse una pregunta incómoda: ¿estamos defendiendo el periodismo o estamos defendiendo al poder cuando el poder coincide con nuestras propias ideas?
Porque el problema no es Trump. Tampoco es Petro. Tampoco es Abelardo.
Cuestionar el poder es el trabajo del periodismo. Incluso aunque se sea un medio de la casa, cercano, aliado o afín a determinada administración, el trabajo es claro: cuando algo no está bien, hay que decirlo.
Eso fue lo que, enseñaron los medios gringos con esta protesta: que el periodismo puede tener diferencias, puede competir, puede tener líneas editoriales distintas, pero cuando se trata de defender la posibilidad de preguntar y cuestionar al poder, debería existir una línea que nadie esté dispuesto a cruzar.
Porque hoy fueron censurados unos. Mañana podemos ser los siguientes.