Es hora de que el alcalde y el gobernador comiencen a trabajar

Por: Santiago Bedoya

Ya entrada la mitad de enero, y con la recta final del gobierno del presidente Gustavo Petro, mientras se inicia el tercer año de las actuales autoridades territoriales, resulta inevitable hacer un balance preliminar de la gestión del alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, y del gobernador de Antioquia, Andrés Julián Rendón. Dos figuras que, más que concentrarse en gobernar, parecen haber convertido la confrontación política en su principal agenda.

Durante estos dos años, ambos han construido su narrativa desde el ataque constante al Gobierno Nacional. Reclaman, señalan, polemizan y se posicionan como opositores permanentes. Sin embargo, cuando se revisan los resultados concretos en sus territorios, lo que se encuentra es una brecha preocupante entre el discurso y la acción.

En el caso del alcalde de Medellín, Federico Gutiérrez, hay además un elemento personal que parece marcar su comportamiento político: no ha logrado superar su derrota en la primera vuelta presidencial, cuando quedó en tercer lugar y vio cómo Rodolfo Hernández y Gustavo Petro pasaban a la segunda vuelta. Desde entonces, su discurso ha estado cargado de una especie de revancha permanente. No solo parece no haber aceptado que perdió, sino que tampoco ha digerido que hoy el país esté gobernado por una corriente ideológica opuesta a la suya. Esa frustración se ha traducido en una animadversión constante hacia el presidente, en ataques reiterados, en confrontaciones innecesarias y en una narrativa de oposición perpetua que ya no moviliza, sino que agota. Porque una cosa es hacer control político y otra muy distinta es convertir la rabia en política pública. Y ese espectáculo, repetido una y otra vez, ya empieza a cansar a la ciudadanía.

Esa actitud lo ha llevado a comportarse como un seudo presidente de Colombia. No hay rueda de prensa en la que no cuestione decisiones del Ejecutivo, no hay coyuntura nacional en la que no intervenga, no hay polémica en la que no intente posicionarse como el salvador del país. Todo esto mientras su ciudad enfrenta problemas estructurales que no están siendo abordados con la profundidad que requieren.

Desde que ganó la Alcaldía, se ha presentado como un adalid de la anticorrupción y como el gran restaurador de Medellín. No obstante, más allá de las promesas grandilocuentes, son pocas las acciones concretas que respalden ese relato. Proyectos como el famoso “mar en Medellín”, que ni siquiera estaba contemplado en su plan de desarrollo, evidencian una tendencia a privilegiar lo espectacular sobre lo necesario.

A esto se suma un Concejo Distrital que, lejos de ejercer un control político riguroso, parece funcionar como un comité de aplausos. Sin debates de fondo, sin cuestionamientos reales, sin fiscalización efectiva. Todo ello en una ciudad que enfrenta problemas tan serios como el alto costo de vida, el manejo superficial de fenómenos como la prostitución infantil y una creciente preocupación por el orden público.

Mientras el alcalde juega a ser presidente, Medellín sigue esperando que su mandatario actúe como alcalde.

Por su parte, el gobernador de Antioquia, Andrés Julián Rendón, se ha encargado de construir una imagen de revolucionario independentista de Antioquia, intentando, de múltiples maneras, proyectar la idea de un departamento que no necesita al Gobierno Nacional. Sin embargo, ese discurso de autosuficiencia se desmorona cada vez que ocurre una crisis.

Cuando hay problemas de orden público, el responsable siempre es el presidente. Pero cuando hay capturas, incautaciones o acciones exitosas de la Fuerza Pública, esos logros pasan mágicamente a ser méritos de la Gobernación. Una doble moral política que no solo es evidente, sino profundamente desgastante para la confianza ciudadana.

Además, Rendón ha acumulado una serie de desaciertos que le han costado respaldo social. La polémica tasa de seguridad, que generó una fuerte división en el departamento, es uno de los ejemplos más claros. A esto se suman las múltiples quejas ciudadanas que circulan en redes sociales por la imposición de nuevos cobros y la percepción de una administración desconectada de las realidades cotidianas.

Lo más preocupante es que tanto el alcalde como el gobernador parecen más interesados en librar una batalla simbólica contra el presidente que en resolver los problemas reales de sus territorios. Se presentan como víctimas, como opositores, como líderes de resistencia, pero no como gobernantes.

Ambos han llegado incluso a afirmar que no necesitan al Gobierno Nacional. Sin embargo, la realidad demuestra que el desarrollo de las regiones no se logra desde el aislamiento, sino desde la gestión, el diálogo y la capacidad de articulación institucional.

Ya es hora de que dejen de gobernar desde el micrófono y comiencen a hacerlo desde la acción. Antioquia enfrenta serios problemas de orden público que requieren liderazgo, no trinos. Medellín necesita soluciones al alto costo de vida, a la inseguridad y a sus problemáticas sociales, no proyectos pomposos ni discursos épicos.

Gobernar no es pelear. Gobernar es resolver.
Y hasta ahora, ni el seudo presidente de Colombia ni el revolucionario independentista de Antioquia han demostrado estar concentrados en eso.